David Bowie falleció en 2016, habiendo mantenido oculta el diagnóstico de su cáncer debido a su modestia. También han pasado diez años desde el lanzamiento de su último álbum, Blackstar, al que siguió Toy, un proyecto inicialmente rechazado por una discográfica antes de ser publicado. Como artista, Bowie poseía una capacidad notable para sintetizar las tendencias musicales contemporáneas y servía como un observador agudo de su entorno, demostrando incluso la habilidad de intuir detalles futuros. En 1999, durante una conversación con el periodista de la BBC Jeremy Paxman, predijo que la vida cambiaría radicalmente debido a la creciente presencia de Internet.

Entrevistar a Bowie era siempre una experiencia educativa porque comprendía la transacción económica subyacente de tales encuentros: ofrecer una porción de su precioso tiempo a cambio de espacio en un medio de comunicación. Este enfoque requería que fuera simpático y proporcionara algunas revelaciones o anécdotas divertidas. En ocasiones escenificaba situaciones inesperadas, como un reportaje de MTV de 1987 donde caminó por las calles de Madrid entre Santa Ana y la Plaza Mayor con Peter Frampton. Durante este paseo, firmó autógrafos, bromeó sobre pintores españoles y recordó su visita infantil a la España franquista, cuando sus padres fueron advertidos para que no vistieran ropa roja.

Bowie era un entrevistado altamente efectivo que sabía cómo masajear el ego de cualquier periodista. En una ocasión en un hotel del Paseo de la Castellana, su secretaria y confidente, Corinne Coco Schwab, le informó de que el tiempo asignado había terminado. Bowie insistió en conceder cinco minutos extra, alegando que disfrutaba de la conversación. El periodista se sintió encantado hasta que salió y consultó la agenda laboral de Bowie, descubriendo solo entonces que esos minutos extra ya estaban programados. Este gesto teatral fue apreciado, al igual que su capacidad para manejar situaciones difíciles. En julio de 1997, tras得知 que las ventas de entradas para un concierto anunciado con Placebo en las Ventas no eran suficientes, trasladó la actuación al recinto Aqualung. Allí, ofreció un espectáculo impecable ante 2.500 personas en una atmósfera tropical.

La última vez que se le vio fue en Nueva York, donde residía desde 1992. Aunque afirmaba disfrutar de ser anónimo en Manhattan, los lugareños sabían que era un asiduo de la librería The Strand y de Bleecker Street Records, cerca de su apartamento en Lafayette Street. Al llegar a las oficinas de Virgin para discutir su álbum Hours, su primera solicitud fue por dos paquetes de cigarrillos Marlboro. Luego preguntó por el Museo Guggenheim de Bilbao. Dado que detestaba volar y siempre viajaba por mar, había calculado que pasaría por la ciudad un lunes cuando el museo estaba cerrado. El personal lo tranquilizó asegurándole que no habría ningún problema para él, y efectivamente, no lo hubo.

Fuentes: El País Cultura.